La ballena reduce el CO2 de la atmósfera

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha llevado a cabo una estimación del valor de cada ballena en términos de servicios ecosistémicos globales y la cifra es desorbitante: dos millones de dólares.

Cada ballena participa de manera activa y natural en la reducción de CO2, en el aumento de los stocks pesqueros y en la generación de turismo. Esto, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), son contribuciones que hacen de cada ballena un valioso ejemplar para los servicios ecosistémicos globales. De esta manera, el FMI ha estimado que cada ejemplar de ballena podría estar valorado en dos millones de dólares. Cifra que conllevaría que el conjunto de la población de ballenas podría situarse por encima de los 1.000 millones de dólares.

Estado de explotación y conservación

Los miembros de Balaenidae, las ballenas, pueden vivir más de 70 años y fueron cazados extensamente a fines del siglo XIX por su grasa. Aproximadamente el 40% de la masa corporal de las ballenas francas es grasa. Por lo tanto, se las conocía como la ballena “franca” a matar. Después de la muerte, los grandes depósitos de grasa hacían que las ballenas francas flotaran hacia la superficie, lo que facilitaba la recolección de aceite.

Con una población estimada entre 300 y 350, la ballena franca del Atlántico norte es la gran ballena en mayor peligro de extinción. La ballena franca del Pacífico norte también está en peligro de extinción con sólo unos 500 individuos existentes. La ballena franca austral (~ 7500 individuos en 1997) y la ballena de Groenlandia (20 000 a 40 000) se han recuperado más fuertemente desde que la caza de ballenas se redujo significativamente por acuerdo internacional.

Valor para la reducción de CO2

La investigación ha sido publicada esta semana. La han desarrollado un equipo de economistas del FMI junto con la colaboración de la organización Great Whale Conservancy (GWC). Llevaron a cabo un análisis sobre el papel de la ballena en cuanto a su contribución a la reducción de CO2, el aumento de los stocks pesqueros y el beneficio económico derivado del turismo de observación de cetáceos.

Según las estimaciones científicas incluidas en el artículo, cuando las ballenas -especialmente las de gran tamaño: la azul, la franca, la gris y la jorobada- mueren, sus cuerpos se hunden hasta el fondo oceánico, y cada una se llevan consigo cerca de 33 toneladas de CO2 de media, sacando de la atmósfera dicho carbono durante siglos. Una cifra que resulta muy elevada si se tiene en cuenta, por ejemplo, que se estima que un árbol absorbe un máximo de 22 kilos de CO2 al año.

Por otro lado, las ballenas presentan un efecto multiplicado en cuanto a la producción de fitoplancton. Este genera alrededor del 50% del oxígeno en los océanos, a partir de sus heces. Estas contienen los minerales necesarios para propiciar el crecimiento del grupo de organismos vegetales que conforman el plancton.

 

La situación de la ballena

Michael Fishbach, director de GWC, ha declarado que “la pesca ballenera industrial cesó en gran medida hace tiempo. Desde la entrada en vigor de una moratoria internacional establecida durante la década de 1980. Sin embargo, se estima que la biomasa de las ballenas sigue situándose por debajo del 25% de los niveles previos a la caza de ballenas”.

Fishbach señala algunos casos de especies, como la azul y la franca, que “no están logrando recuperarse como se esperaba. Aunque hayan transcurrido ya 40 años desde que se prohibiera mayoritariamente la pesca ballenera comercial a escala global; hecho imputable a los impactos humanos sobre el océano”. Los conservacionistas defienden la adopción de medidas más restrictivas para proteger las zonas de cría y de forrajeo de las ballenas. Medidas para ayudar a su supervivencia y, por extensión, a la del propio planeta.

Porque las ballenas juegan un papel insustituible en la mitigación y la creación de resiliencia al cambio climático. De ahí que su supervivencia debería ser parte integrante de los objetivos de todos los signatarios del tratado de París de la ONU sobre el clima.

Sin embargo, son muchas las amenazas que sufren las ballenas. No fue hasta el 1982 cuando la Comisión Ballenera Internacional prohibió la pesca industrial. Esto tuvo lugar debido no solo a una elevada presión social, sino también a un lamentable estado en el que se encontraban las poblaciones de estos mamíferos.