Geotermia: cómo usar el calor del subsuelo para mejorar la eficiencia energética de las ciudades
Cuando se habla de energía geotérmica, muchas personas imaginan paisajes volcánicos, géiseres o regiones con intensa actividad tectónica como Islandia. En ellos se emplean las altas temperaturas del subsuelo volcánico para generar vapor de agua y electricidad. Sin embargo, esa imagen representa solo una parte de la realidad. Existe otra geotermia mucho más silenciosa, extendida y cercana: la que aprovecha la temperatura estable del subsuelo mediante bombas de calor para climatizar edificios, barrios y ciudades enteras.
Esta modalidad está ganando protagonismo en el contexto de la transición energética porque ofrece una alternativa eficiente y renovable para calefacción, refrigeración y producción de agua caliente sanitaria. Y lo hace utilizando un recurso disponible prácticamente en cualquier entorno urbano: la energía térmica almacenada bajo nuestros pies.

Simulación de un circuito geotérmico bajo un edificio. | Imagen generada con IA
¿Cómo funciona la geotermia?
A pocos metros de profundidad, el terreno mantiene una temperatura relativamente estable durante todo el año, normalmente entre 10 °C y 20 °C, dependiendo de la región y de las condiciones locales. A diferencia del aire exterior, sometido a grandes variaciones estacionales, el subsuelo actúa como una gran reserva térmica natural.
La geotermia urbana aprovecha esa estabilidad mediante bombas de calor geotérmicas, sistemas capaces de intercambiar energía con el terreno para proporcionar calefacción en invierno y refrigeración en verano.
El principio es relativamente sencillo. Durante el invierno, el sistema extrae energía térmica del subsuelo y la transfiere al edificio. En verano ocurre el proceso contrario: el calor del interior se evacua hacia el terreno, que funciona como sumidero térmico.
El corazón del sistema es la bomba de calor, conectada a un circuito enterrado por el que circula un fluido encargado de intercambiar energía con el subsuelo.
Existen dos configuraciones principales. La captación horizontal consiste en tuberías enterradas a poca profundidad, generalmente entre uno y dos metros, y distribuidas sobre superficies relativamente amplias. Su instalación suele ser más económica, pero requiere espacio disponible, por lo que es habitual en viviendas unifamiliares, parques o urbanizaciones.
La captación vertical, en cambio, utiliza perforaciones profundas, habitualmente de entre 50 y 200 metros, en las que se introducen sondas geotérmicas.
Aunque la inversión inicial es mayor, este sistema resulta especialmente adecuado para ciudades densas porque necesita poca superficie y permite integrarse bajo edificios, plazas, zonas verdes o aparcamientos.
Distritos energéticos
La evolución de la geotermia urbana está llevando estas soluciones desde las instalaciones individuales hacia las redes térmicas compartidas o sistemas de district heating and cooling.
En este modelo, varios edificios se conectan a una infraestructura común que intercambia energía con el subsuelo y distribuye calor o frío en función de las necesidades de cada inmueble.
La ventaja es doble: permite compartir infraestructuras y costes y, al mismo tiempo, optimizar el aprovechamiento de la energía.
Además, los sistemas más avanzados permiten realizar intercambios térmicos entre distintos edificios. Por ejemplo, el calor que necesita evacuar un edificio que demanda refrigeración puede aprovecharse en otro que necesita calefacción o agua caliente, mejorando todavía más la eficiencia global del sistema.
Este enfoque empieza a ganar terreno en Europa y plantea una nueva manera de entender la climatización urbana. En unas ciudades que concentran buena parte de la población, del consumo energético y de las emisiones, aprovechar la energía térmica disponible en el subsuelo puede convertirse en una herramienta importante para avanzar hacia entornos más eficientes, resilientes y descarbonizados.
Ventajas de la geotermia
Una de las grandes fortalezas de la geotermia urbana es que no necesita transformar el paisaje para producir energía. No depende del viento ni de las horas de sol y puede funcionar durante todo el año aprovechando la estabilidad térmica del terreno.
Además, su desarrollo puede complementarse con otras energías renovables. La electricidad necesaria para alimentar las bombas de calor puede proceder de fuentes como la solar o la eólica, reduciendo todavía más las emisiones asociadas a la climatización de los edificios.
La transición energética de las ciudades no dependerá de una única tecnología, sino de la combinación de distintas soluciones adaptadas a cada territorio. En ese escenario, la geotermia tiene una característica especialmente valiosa: el recurso ya está allí.
Bajo calles, viviendas, oficinas, colegios, hospitales, parques y plazas existe una enorme reserva térmica que hasta ahora apenas hemos aprovechado. Convertir el subsuelo urbano en una pieza más del sistema energético puede ayudarnos a climatizar nuestras ciudades utilizando menos energía y reduciendo su dependencia de los combustibles fósiles.







