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El lado oscuro del turismo masivo

30 de Septiembre de 2014
Dos cosas destacan entre las que llenan de orgullo al pueblo chino: su milenaria historia y la belleza de su gigantesco territorio.

Desafortunadamente, ambas están en peligro de extinción, y el turismo masivo que ha llegado con el desarrollo económico del país tiene mucho que ver en ello. No en vano, la industria del viaje es una de las que más crece al calor del desarrollo económico, pero la forma en la que lo hace deja mucho que desear. Y su efecto se siente también fuera de las fronteras de China: este año, por primera vez, más de cien millones de chinos visitarán el extranjero. Claro que el problema no es tanto de cantidad como de calidad.

Buen ejemplo de ello es el tramo que la Gran Muralla ocupa en Badaling, a unos 80 kilómetros de Pekín. En este punto, uno de los más visitados del gigante asiático, se dan la mano los dos males más preocupantes provocados por el imparable auge del turismo. Por un lado, el monumento ha sido reconstruido de tal forma que parece totalmente nuevo: con su teleférico de rigor, sus establecimientos comerciales llenos de cachivaches, y sus restaurantes de comida rápida y de fideos instantáneos. Por otro lado, quienes lo visitan no parecen tener ningún interés en cuidar el entorno: las montañas están llenas de desperdicios, los niños pintan en la piedra, y sus padres les ríen la gracia.

Estas tristes escenas se repiten por todo el país. En el parque nacional -protegido- de Zhangjiajie, en el que se inspiraron los creadores de la película ‘Avatar’ para crear su universo natural mágico, las papeleras abundan tanto como los ciegos que no parecen verlas. Además, para poder acomodar cada día a decenas de miles de personas de toda condición, el lugar se ha transformado en un parque temático en el que sus responsables sacan pecho a la hora de mostrar el ascensor más alto construido jamás al aire libre -trepa por 300 metros de la roca de un precipicio descomunal-. Sin embargo, para quienes creen en la conservación del Medio Ambiente y en experimentar la naturaleza de la forma menos intrusiva posible, el lugar es una pesadilla plagada de escaleras y de ingenios mecánicos.

No muy lejos de allí, Fenghuang fue algún día un antiguo pueblo con encanto. Ahora, el turismo lo ha convertido en una postal de cartón piedra. Las excavadoras se han comido la historia de este lugar idílico para derribar los antiguos edificios y construirlos de nuevo como si fuesen antiguos. “Es mucho más barato que rehabilitarlos para adecuarlos a las necesidades actuales”, me dijo el responsable de un hotel resumiendo a la perfección cuál es el problema. Porque, aunque en el post anterior reflejé cómo la conciencia medioambiental china está calando a diferentes niveles, cualquier visita a un lugar turístico deja en evidencia que todavía queda mucho por hacer, tanto a nivel de planificación política como en lo que respecta a la educación de los viajeros.

Además, el problema se extiende también fuera de China. La abrumadora presencia de turistas de esa nacionalidad en Asia es una realidad tan bienvenida por los empresarios como temida por los conservacionistas. Por ejemplo, los magníficos templos de Angkor, en Camboya, han tenido que protegerse con escaleras de madera y vallas para hacer frente a lo que un guarda llama “la invasión china”. Sin ir tan lejos en la manifestación de rencores regionales muy enraizados, lo cierto es que China debe aprender a conservar de forma sostenible, en contraposición a volver a erigir, si no quiere que su milenaria historia y su magnífico patrimonio natural queden reducidos a parques temáticos.

ACERCA DEL AUTOR

Zigor Aldama
Corresponsal en Extremo Oriente con base en Shanghái. Publica numerosos artículos y reportajes en diferentes medios como El País, grupo Vocento y Ballena Blanca.