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El bosque animal

10 de Julio de 2015
Decimos que conocemos bien la superficie de la Luna. También la de Marte. De ambas poseemos cartografías que no habríamos soñado hace apenas cincuenta años. Sin embargo, se estima que, del fondo de nuestros mares, apenas tenemos una visión completa del 4-5%. ¡Chocante!

Por ese motivo no es de extrañar que un grupo de científicos españoles haya encontrado un boque de esponjas nunca antes visto. Frente a nosotros tenemos un universo desconocido al que hemos empezado a enviar (un poco tarde) otro tipo de naves de forma sistemática para explorarlo: robots, torpedos, imágenes por sónar, sofisticadas cámaras fotográficas…todo para maravillarnos con la última frontera de nuestro planeta a la que podemos acceder y que está llena de vida: el bosque animal.

Bosque de esponjas en la Antártida a 350 metros de profundidad. FOTO: JULIAN GUTT-AWI 

Todos hemos ido al bosque: una estructura tridimensional viva formada por árboles, matorrales, hierbas y otras plantas que aprovechan la luz y el CO2 para obtener materia y energía y poder vivir. Pero en el mar la luz se extingue. A unos cincuenta o cien metros de profundidad ya no tenemos luz aprovechable, las plantas marinas desaparecen. Sin embargo, la estructura tridimensional perdura, esta vez en forma de animales que no se mueven y aprovechan la viscosidad del agua para atrapar partículas en suspensión.

Son los formadores del bosque animal. Esponjas, corales, gorgonias y otros animales más extraños como briozoos, hidrozoos, ascidias o poliquetos, entre otros, estructuran un bosque por el que no estamos acostumbrados a pasear. Es un bosque fascinante, que puede vivir en armonía con algas simbiontes (que están dentro de su tejido, como los corales de la Gran Barrera Australiana o Caribeña) o a más de mil metros en la oscuridad permanente esperando que le caiga el maná del cielo. Estos suspensivos (o sea, que se alimentan de las partículas vivas o muertas en suspensión que hay en el agua) están por todas partes.

Imaginaos la belleza, la complejidad, las sorpresas que nos aguardan en ese 95% de fondos marinos. Encontramos “islas de abundancia”, una tras otras, en Tasmania, en la Antártida, en medio del Pacífico o al lado de Menorca o el Cap de Creus. Si alguien me preguntase dónde está el futuro de un biólogo marino le diría, sin lugar a dudas, que, en parte, en la exploración y preservación de estos bosques. Se necesitan muchos recursos, muchas personas, muchos especialistas que se dediquen a comprenderlos, a estudiarlos, y a transmitir su fascinación para que la gente los asimile y exija su protección. Porque estamos frente a una serie de ecosistemas muy amenazados.

Su ubicación, en el fondo de los mares de todo el planeta, los hace muy vulnerables: nadie los ve, nadie los siente. Y de ellos también dependemos, no sólo por la pesca (a  la que favorecen), por la belleza que atrae a los submarinistas (en todos aquellos que están a poca profundidad), o porque podrían albergar algún compuesto que nos permita mejorar la farmacopea (identificándolo y replicándolo en el laboratorio), sino por algo más difícil de comprender pero tan importante o más que lo que he dicho antes: son sumideros de carbono.

El carbono (CO2) producido de forma natural o antropogénica (coches, industria, calefacción, etc.) penetra en parte en el agua, estimula la producción de algas microscópicas y de fanerógamas y macroalgas. Todo este material acaba descomponiéndose y cayendo, por gravedad, al fondo. Y es atrapado por el bosque animal. El bosque animal lo captura, lo respira y lo utiliza para producir sus productos sexuales o de defensa, pero también lo usa para otra cosa, crecer. Como en el caso de los árboles, el bosque animal hace crecer año tras año, lentamente, las estructuras tridimensionales vivas, inmovilizando parte de ese carbono en sus esqueletos.

Cuanto más complejo es el bosque (más ramas, más volumen, más pólipos, más individuos, etc.), más carbono se queda ahí durante décadas, siglos o incluso, en el caso de los corales pétreos, millones de años. La próxima vez que veamos esos espectaculares programas de la BBC o del Discovery Channel, pensaremos en esos arrecifes, en esos bosques de esponjas o de gorgonias como lo que son: sumideros de carbono producido por nuestros coches o estufas (y del natural) que nos ayudan a que la situación no se descontrole. 

Destruirlos significa banalizar, banalizar significa acelerar y acelerar demasiado…bueno, creo que todos somos conscientes de lo que pasa entonces. ¿O no?

ACERCA DEL AUTOR

Sergio Rossi
Científico, publica libros para niños, ecothrillers, ensayos críticos y numerosos artículos científicos en revistas especializadas y de divulgación en diarios y revistas como El País, Público, Quercus, Muy Interesante y Jot Down.