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Airear

06/06/2018 - Blog - Valerie Miles
El aire, como elemento natural, como material que nos es tan común que no le prestamos mucha atención hasta que nos falta por algún motivo –contaminación, asma, submarinismo, un ataque de nervios–, se considera el primero de los cuatro por su asimilación al soplo creador y, en consecuencia, a la palabra.
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El hálito vital expresado en el espacio dinámico, porque el aire es mucho más la acción de respirar que lo que el cuerpo inspira, se percibe más en su movimiento que en su naturaleza material, tan tenue, tan ten, tan te.


El movimiento es la gran fuerza liberadora. Incluso el aire, sin ventilar, se corrompe. El aire es el elemento invisible hasta que las condiciones del ambiente –natural o creado por nosotros– coincide o conspira para hacerlo perceptible al ojo mediante el movimiento de una nube o del viento. O a la nariz como el aroma dulce o especiado de un perfume, el olor del papeo cuando el estómago está vacío o el azahar en abril. O el efluvio del matadero que los animales perciben en el aire aunque no los humanos, la sangre y el sufrimiento en moléculas tan pequeñas, tan peques, tan pe que el jinete no entiende por qué los caballos se agitan al trotar junto a una edificación por el sendero. O por los oídos, el lamento de los vientos, su rugido, sus alaridos, sus sollozos cuando a veces se confunden con los chillidos de una banshee sobre un tejado irlandés que anuncia la muerte de una familiar. Lo vemos, no lo vemos. Jorge Wagensberg recuerda que una galaxia es invisible por grande, un átomo por pequeño, el estallido de una pompa de jabón por rápido, el crecimiento de un árbol por lento, el interior del cuerpo por opaco, el aire por transparente y el bosque..., el bosque es invisible simplemente por complejo.


El aire es un gas formado principalmente de oxígeno y nitrógeno y otros componentes como el dióxido de carbono y el vapor de agua. Físicamente, el aire no tiene dentro ni fuera, así que el movimiento tiende a ocurrir en el eje vertical, de arriba abajo, girando, rizando, enlazando lo celestial con lo infernal. Lo vemos en cuanto las hojas se mueven, la arena es un torbellino sobre la playa, las copas que se mecen, los arbustos que se estremecen, las plantas que se rozan en comunión con un elemento que las dota de un súbito instante de vida material. Puedo oír fuera la hoja del roble rozando la ventana, mira, hay una nube en forma de elefante. Hay movimientos a la vez hermosos e inquietantes. Esta manifestación de lo invisible por medio de la acción y el sonido, un lenguaje primordial, unheimlich. Una inquietud que Tarkovski emplea con gran acierto en Espejo y David Lynch en Twin Peaks o en el plano secuencia de una hoja narrado por Andrés Neuman al final de El viajero del siglo, o la sospecha en Bolaño de una fatalidad inminente. Algo va a pasar.


Así que sigamos la ensoñación de las nubes mientras se congregan y dispersan y danzan por el cielo para el que las venera, el nefelibata, una de las palabras más bellas de la lengua –dicho de una persona: soñadora, que no se apercibe de la realidad– acuñada por Darío, empleada de nuevo por Machado en su Cancionero apócrifo: «Sube y sube, pero ten / cuidado, Nefelibata, / que entre las nubes también / se puede meter la pata». Jugar con las nubes es en esencia un juego poético, una experiencia onírica diurna, una ensoñación espontánea, irresponsable, la soñadora ha de transformar una nube, y sueña con las transformaciones en las cavilaciones de los ojos, cuando la voluntad y la imaginación se alían. Un motor, ronroneante. Puede ocurrir por doquier. Sin coste. Doris Lessing creía que si el pez es el movimiento del agua encarnada, con forma, entonces el gato es el diagrama y el modelo del aire sutil. Y Bachelard nos dice que la trilogía del sonido, la transparencia y la movilidad es lo que nos permite la impresión íntima de que nos aligeramos. Ah, mira, el elefante alza su trompa rala, ¿es temblor del trueno? Las nubes se acumulan oscuras en el horizonte, densas, bullendo. Los pájaros se estremecen y saltan, comienzan un coloquio, un llamamiento a la aventura, hacia climas más australes, ya es hora, es hora, se giran y lanzan de las ramas, los cables tendidos, los tejados. La hoja tirita y es arrancada de la ventana y se agita en la corriente que se enracha.



Da Vinci supo que para llegar a conocer el movimiento de las aves suspendidas primero había que conocer el comportamiento de los vientos, que se pueden demostrar con la mecánica de las aguas. Las grandes ideas entran al mundo con la delicadeza de palomas, nos dice Camus. Tal vez si escuchamos atentamente oiremos «en medio del bullicio de imperios y naciones, un débil revoleteo de alas, el suave movimiento de la vida y la esperanza». Como las aves blancas que a veces aparecen en las escenas amatorias de Hemingway. George Plimpton, el director de The Paris Review, lo mencionó en una ocasión al entrevistar a Papa. Estaba muy interesado en el significado del pájaro blanco que se eleva de una góndola en una escena amorosa entre la joven princesa y el coronel Cantwell de Al otro lado del río y entre los árboles. Hemingway, Papa, manifestó su desagrado por la impertinencia de la pregunta mediante un certero puñetazo en pleno morro de Plimpton. Cuidado, Nefelibata. El viento aúlla y anuncia la llegada de la tormenta, la insaciable incontinencia ante los deseos. Todo sueño placentero tiene su antítesis en la pesadilla: vértigo, caída libre, huracán. El movimiento del viento ahora juguetón se vuelve destructor. Alas negras baten, las nubes se levantan, ¡que viene un chaparrón! El huracán contiene los tres elementos, fuego en el rayo, aire en el viento, agua en la lluvia y todo eso conmueve la tierra. La tramontana y el garbí, el frío y despejado viento del norte, el cálido y henchido viento del sur, una va y otro viene, las nubes se juntan y las nubes se dispersan. Ni material, ni terrestre, la imaginación dinámica, aérea, se proyecta al exterior, levita, revitaliza la imagen interna oculta en las palabras.


«Quiero» y «vuelo» son ambas «volo» en latín. El vuelo siempre ha sido uno de los grandes deseos de la humanidad. Jung y Freud sostenían que los sueños representan nuestros deseos insatisfechos o el recuerdo de imágenes infantiles, cuando nos lanzaban al aire, o nos mecían, desafiando la gravedad. «El sueño es la cosmogonía de la noche –escribe Bachelard– el soñador crea el mundo otra vez cada noche.» La imaginación aérea es parte de una conquista íntima, algo que el mundo externo, el mundo terrestre no puede darnos. La imaginación aérea. ¡Volamos! Arroja al abismo todo lastre, si quieres elevarte.



 

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Sobre el autor

Editora, escritora, profesora, investigadora de la obra del escritor Roberto Bolaño y cofundadora de la revista Granta en español.

 

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