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Basura espacial: un problema muy serio

26 de Enero de 2016
Los medios de comunicación alertan cada vez con mayor frecuencia sobre la posibilidad de que la Tierra sufra el impacto catastrófico de un meteorito. Este tipo de noticias funcionan muy bien en la prensa, la gente se siente atraída por esa inquietante posibilidad, aunque científicamente se haya demostrado como muy remota.

Sin embargo, lo que resulta mucho más posible y parece inquietarnos mucho menos es que nuestro planeta sufra el impacto de algún objeto espacial de grandes dimensiones lanzado al exterior por nosotros mismos. De hecho, la probabilidad de que eso ocurra es cada vez mayor. 

Para analizar ese riesgo y buscar la manera de mitigarlo, hace un par de años tuvo lugar en el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC) la mayor conferencia sobre basura espacial celebrada hasta la fecha. El propósito del encuentro fue analizar una necesidad urgente: la de limpiar el espacio de deshechos tecnológicos y solicitar a las agencias espaciales que dejen de lanzar satélites cuyo residuo sea irrecuperable y siga incrementando el gigantesco vertedero que orbita sobre nuestras cabezas. 

El director de la oficina de basura espacial de la ESA, Heiner Klinkrad, no pudo ser más contundente al exponer la gravedad de la situación “La basura espacial es una amenaza que no para de aumentar y supone un grave riesgo para nuestra sociedad”, afirmando de manera categórica que “La única forma de evitarlo es subir allí arriba y retirarla, y debemos hacerlo ya, pues cuanto más esperemos más difícil y más caro será”. 

Desde que en 1957 se produjera el lanzamiento al espacio del primer satélite artificial por parte de la antigua Unión Soviética, el Sputnik, los seres humanos hemos lanzado al exterior más de 5.000 aparatos (cohetes, satélites, telescopios y otros) que han generado miles de toneladas de residuos de toda clase de materiales y tamaños que continúan girando en la órbita terrestre como un gigantesco anillo de chatarra. 

Estaríamos hablando de millones de tuercas, tornillos, arandelas, planchas y todo tipo de piezas de las que la Agencia Espacial Norteamericana (NASA) sólo tiene catalogadas menos de 10.000 (las de mayor tamaño) que sumarían alrededor de 100.000 toneladas de peso. Del resto no sabemos nada: bueno sí, que aumentan a un ritmo superior al 5% anual.

Hay que tener en cuenta que la velocidad estimada a la que orbitan estos objetos puede rondar los 40.000 km/h, por lo que un simple tornillo de acero se puede convertir en un proyectil capaz de destruir una nave de turismo o transporte espacial.  

La explosión del satélite ruso de comunicaciones Kosmos en 1981 se debió a la colisión con uno de estos objetos a la deriva y el desvío en su órbita del Cerise (un satélite militar francés) en 2005 lo causó el impacto de un pequeño fragmento de un cohete Ariane que había estallado unos años antes. Como estos, la NASA tiene identificados más de 25 casos.

La posibilidad de que cualquier desecho espacial llegue a atravesar la atmósfera terrestre y pueda impactar en la superficie del planeta es ciertamente baja. Las altas temperaturas que llegan a coger los objetos cuando se aproximan a nuestro planeta y comienzan a friccionar contra la atmósfera que nos envuelve hacen que se volatilicen casi al instante. Pero sin embargo las excepciones existen, y algunas son ciertamente espectaculares. 

Uno de los casos más conocidos sucedió en 1997 cuando un depósito de combustible de un cohete Delta 2, con unas medidas de 1,7 m de ancho por 2,8 de longitud y 270 kg de peso cayó cerca de un pequeño pueblo de Sudáfrica. Lo más sorprendente es que al año siguiente el otro depósito del mismo cohete estuvo a punto de impactar contra una granja de Texas (EEUU). Habría que ver la cara del granjero cuando salió a ver que había sido aquel estruendo.

Y es que nadie puede descartar que, si no subimos pronto a recoger la chatarra espacial que estamos abandonando ahí fuera, un día tengamos que lamentar una tragedia. La situación es perfectamente seria y, como recoge este documentado video de la ESA debemos hacerle frente cuanto antes: por responsabilidad con nosotros mismos y con las generaciones futuras.

ACERCA DEL AUTOR

José Luis Gallego
Divulgador ambiental, naturalista y escritor. Colaborador habitual de TVE, TV3, La Vanguardia y Onda Cero. http://www.ecogallego.com/
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