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Todo por una sonrisa

Mi vecino era un niño muy inteligente, pero nunca sonreía. Deduje que era porque sus padres no le hacían mucho caso y siempre lo tenían en el rellano castigado. Un día me lo encontré llorando porque su madre le había roto una radio vieja que trataba de arreglar. Apenado por ello, cogí la botella de agua que tenia en mi bolso y haciendo el tonto me la eché por encima. En ese momento y por primera vez, el niño sonrío.
Tania Martínez