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Rosalind Franklin, la historia de un olvido y de una reivindicación

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Rosalind Franklin fue durante mucho tiempo una de las científicas más injustamente olvidada, a pesar de encontrarse detrás de unos de los descubrimientos más importantes para la medicina moderna: la estructura del ADN. Sin embargo, hasta pasado mucho tiempo, no se reconoció su labor, habiendo ganado el Nobel tres científicos que se aprovecharon de sus descubrimientos.

 

Franklin nació en Londres el 25 de julio de 1920. Llevó a cabo sus primeros estudios en Nordland Place, un colegio mixto situado al oeste de Londres y, después, pasó a la Escuela Lindores en Sussex, solo para mujeres. Cuando contaba con once años, ingresó a la St. Paul Girl School, uno de los pocos espacios educativos solo para mujeres donde se enseñaban matemáticas, física y química. Fue aquí donde despertó su interés por las ciencias y el latín, además de aprender alemán y francés.

En el año 1938 aprueba el examen de ingreso y entra en la Universidad de Cambridge cursando en el Newham College física y química. Durante el último año de carrera, Franklin conoció a varias personas que determinaron su interés por la cristalografía. Por un lado, a Adrienne Weill, refugiada francesa que había sido alumna de Marie Curie. Por otro lado, a William Lawrence Bragg, Nobel en 1915, así como a otros dos criastalógrafos, Max Perutz y John Bernal, quien se convertiría en su director de investigación.

Franklin se interesó en la cristalografía y la difracción de los rayos X cuando atravesaban un cristal, con lo que lograban dejar una huella de identidad cada uno de ellos. Esta técnica la aplicaría al estudio de la materia y no tardó en convertirse en una reputada especialista en el campo.

Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Franklin se encuentra en Noruega y tiene complicado el poder regresar a Inglaterra. Antes de su inicio, había ayudado a refugiados alemanes llegados a tierras inglesas huyendo del nazismo ascendente. En 1941 consigue regresar a su país y terminar sus estudios universitarios, si bien no logró el título hasta 1947, dado que en esa época Cambridge no otorgaba licenciatura a las mujeres.

En 1942 la Bristish Coal Utilisation Research Association, donde se investigaba la eficacia de las máscaras de gas, le ofreció una plaza en 1942. En tiempos de guerra estudió el carbón, comparó la densidad del helio y pudo terminar su tesis de doctorado en 1945 con el título La fisicoquímica de coloides orgánicos sólidos con referencia especial al carbón. Fue voluntaria como guardia de ataques aéreos y organizó patrullas para salvaguardar el bienestar de las personas durante estos ataques.



Tras la guerra marchó a París como becaria postdoctoral al Laboratoire Central des Services Chimiques de l’Etat, donde pudo perfeccionar sus técnicas de cristalografía. Por ejemplo, aprendió a aplicar el método a sustancias que no eran cristales, como las orgánicas, mediante una técnica que consistía consiste en aplicar un haz de rayos X a una estructura e imprimir luego una fotografía con todos los rayos que la han atravesado y que han sufrido una difracción por el objeto interpuesto. Un procedimiento que la permitió caracterizar muchos compuestos inorgánicos y estudiar su estructura íntima.

Regresa a Inglaterra en 1951, y, durante tres años, trabaja en el King’s College gracias a una beca. En enero de ese año también empezó a trabajar como asociada en la Unidad de Biofísica del Consejo de Investigación Médica que dirigía Randall, quien investigaba en el estudio del ADN: la llegada de Franklin suponía una excelente aportación para ese campo. También se encuentra ahí Maurice Wilkins, quien había logrado aplicar la técnica a moléculas que no estaban cristalizadas. Su estancia allí no fue del todo cómoda: no tuvo buenas relacionas con sus compañeros y Franklin estaba molesta porque existiera una sala en la que se reunían los hombres para fumar, hablar y tomar el té y en la que no se permitía el acceso a las mujeres. Trabajó muy sola, únicamente con el becario que le asignaron, Raymond Gosling.

En el King’s College, Franklin mejoró el aparato para obtener imágenes con ADN, cambió el método y obtuvo fotografías, junto a Gosling, logrando una nitidez que nadie había conseguido. En noviembre de 1951 dio una charla para exponer sus resultados a sus colegas del King’s College. Entre el público estaban Watson y Crick, también interesados por la estructura del ADN, quienes trabajaban en el Laboratorio Cavendish, en Cambridge. Ambos fueron invitados por Wilkins. En aquel seminario, Watson y Crick empezaron a conocer el trabajo de Franklin y a usar sus datos para sus investigaciones.

Fue también Wilkins quien, en los meses siguientes, fue mostrando a Watson y Crick imágenes de ADN tomadas por Franklin, casi siempre sin su permiso y sin que ella lo supiera. En febrero de 1953 vieron tres imágenes y, entre ellas, la famosa fotografía número 51. Watson y Crick llevaban más de un año sin lograr algo positivo y lograron esa fotografía que, junto a los datos de la charla, condujeron a ambos a su propuesta de la estructura del ADN y publicaron un estudio en la revista Nature. Aunque en ese mismo número Franklin y Gosling publicaron un artículo técnico sobre la fotografía 51 que apoya el modelo de Watson y Crick. Sin embargo, la rapidez de estos para proponer un modelo claro eclipsó el texto de Franklin y, sobre todo, ocultó que gran parte de lo logrado por ellos fue a base de las investigaciones de la científica.



Debido a las constantes discusiones y al ambiente del King’s College, Franklin se traslada al Birbeck College, en Londres, a trabajar en un laboratorio dirigido por John Bernal, donde realizaría importantes trabajos alrededor de los virus, como el del mosaico del tabaco y el de la polio.

En 1956, durante un viaje por Estados Unidos, se siente indispuesta y poco después le diagnostican cáncer de ovario, quizá, producto de su continúa exposición a radiaciones durante sus investigaciones con Rayos X. pudo trabajar durante dos años más a pesar de pasar por varias operaciones. Murió en Londres el 16 de abril de 1958 a los treinta y siete años.

Cuatro años después, en 1962, Watson, Crick y Wilkins recibían el Premio Nobel por sus estudios sobre la estructura del ADN. Ni Watson ni Crick mencionaron a Rosalind Franklin en sus discursos de aceptación.

Pero el paso del tiempo ha resituado a Rosalind Franklin y a su aportación al estudio en el lugar que merece.

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