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Zambrano y Gaya, hermanos de agua

Albert Lladó nos habla de la relación entre la escritora y filósofa María Zambrano y el pintor Ramón Gaya a partir de la publicación de su correspondencia. Una relación desde la distancia, pero que revela una identificación entre ambos a modo de espejo. Un espejo de agua.

 

“Y así nos entendimos”. María Zambrano firma el tarjetón con una letra temblorosa. “Hoy te lo escribo como puedo”, le dice. Es 11 de octubre de 1990, y son las últimas palabras que le dirige a su amigo Ramón Gaya, para felicitarle por la inauguración del museo que lleva su nombre en Murcia. Pocos meses después, la autora de Claros del bosque morirá en Madrid. La filósofa nunca llegó a enviar la carta. El pintor nunca la recibió. Pero todos los silencios, las dudas y las complicidades habían quedado fijados en sus largos paseos, en los textos cruzados, y en las horas que pasaron juntos en los cafés romanos.

Eran hermanos en el agua, como apunta Laura Mariateresa Durante en el epílogo del libro que acaba de publicar la Editorial Pre-Textos, y que recoge la correspondencia entre ambos (además de las cartas de los amigos en común) entre los años 1949 y 1990.

La relación entre el pintor y la filósofa viene de lejos. En 1933 participan activamente en las Misiones Pedagógicas, organizadas por la República, y viajan por los pueblos de España. Pronto se dan cuenta de que hablan un mismo lenguaje, pero la fuerza de la juventud se ve truncada con el estallido de la Guerra Civil.

Ramón Gaya se casa con Fe Sanz, pero ella morirá víctima del bombardeo a la estación de Figueras de febrero de 1939. Alicia, la hija que han tenido, sobrevive. Y el pintor pasa dieciséis días en el campo de refugiados de Saint-Cyprien. Por su parte, María Zambrano se casa con Alfonso Rodríguez, y se traslada con él a Chile. La cosa no funcionará, y coincidirá con el pintor, ahora, en el exilio mexicano. De esa época, en la que también reside en Cuba y Puerto Rico, nace Filosofía y poesía, un volumen, publicado el mismo 1939, que aparece con ilustraciones de Gaya.

En 1953 María Zambrano, junto a su hermana, se instala en Roma. Ramón Gaya hará lo mismo tres años después, en 1956. Allí, durante cuatro años, se ven casi a diario. Mantienen una misma visión del arte pero, sobre todo, han construido un hilo que los une para siempre. La pensadora va acercándose a una nueva manera de conocer la realidad, la razón poética, y, “pese a los puertos y fronteras” que les separan durante toda la vida, ambos creadores están compartiendo un proyecto que los hermana, una y otra vez, desde el agua.

Cuando Gaya publica Velázquez, pájaro solitario, en 1969, la filósofa le dice que el suyo es “un pensamiento que se bebe, agua que no ha perdido su carácter manantial”. Hay en el libro, cuya edición ha ido a cargo de Isabel Verdejo y Pedro Chacón, muchísimas referencias en la misma línea. En 1957, Zambrano escribe al pintor una dedicatoria, en la que anota: “Para que atraviese el agua —las aguas— respirando dentro de ella. Y para que pinte aún más el agua —las aguas— y quien va sobre ellas”.

Zambrano reflexionará en diversas ocasiones sobre la pintura de Gaya. Entre ellos, en la “lejanía asequible” que comparten, hay una suerte de sinestesia y écfrasis, donde los sentidos se encuentran en mixtura, donde la pintura se escribe, donde la escritura se pinta. La filósofa aclara que “no se trata de que la pintura sea carne ni pinte la carne, sino de que tenga ella misma su carne, o mejor, su cuerpo. Su cuerpo que puede ser sutilísimo cuerpo como lo es el primero de todos, el agua”.

En 1989 le conceden el Premio Cervantes a María Zambrano, que ha regresado de su larguísimo exilio tan solo cinco años antes. Ramón Gaya le dedica un artículo en el diario ABC que titula He pintado ese momento. Lo acompaña de un dibujo en el que se puede intuir a los dos en la Via Apiade Roma, donde solían caminar hasta llegar a una tumba. Juntos miraban la piedra gastada, su relieve mordido por el tiempo, como si fuera un espejo. Un espejo de agua.



Dibujo de Gaya en el que se le ve junto a Zambrano, en Via Apia.

ESE FUEGO INTOCADO

La publicación de la correspondencia entre Zambrano y Gaya coincide con la edición que ha hecho Javier Sánchez Menéndez, en La Isla de Siltolá, de los poemas de la pensadora malagueña. Acompañado de un riguroso apartado de notas, que contextualiza cada texto, vemos cómo la poesía y la filosofía se van entretejiendo en un mismo corpus estético.

Zambrano recurre de nuevo al agua, en este caso “ensimismada”, para preguntarse si el árbol que se inclina buscando sus raíces (“el horizonte / ese fuego intocado”) se piensa o se sueña. El delirio y la confesión son métodos para llegar a ese lenguaje previo, liberado de la funcionalidad de la comunicación. La palabra es anunciación, no enunciación.

En el Café Greco de Roma, en 1958, en el que tanto tiempo ha pasado junto a Ramón Gaya, escribe sobre la situación de Araceli, su hermana largamente enferma. Es “Alga en la corriente lenta… / Lejos de toda ribera. / Por el corazón del agua; ya”. Y es que, como escribirá muchos años después, en el último poema que recoge el volumen, “el hombre necesita encontrar su mar / Y el Mar hay que respirarlo”.

 

Sobre el autor

Albert Lladó (Barcelona, 1980) es editor de Revista de Letras y escribe en La Vanguardia. Licenciado en Filosofía, posgrado en Periodismo de Proximidad y máster en Estudios Comparados de Literatura, Arte y Pensamiento. Ha publicado en Granta, Revista Ñ, Benzina, Quimera, Qué Leer o El Ciervo. Es director académico de la Escuela de Periodismo Cultural y docente del posgrado internacional Escrituras, en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. http://albertllado.com/periodismo/
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