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Las bromas de Chaac

Saltó sin pensárselo dos veces. Las aguas lo acogieron con tibieza por el calor mamado durante el día. Incluso con el atardecer entrado, había podido ver la figura inerte de la chica manar de las profundidades del cenote.

Empapado, se extrañó de continuar sintiendo el sudor brotando de su frente rechazando diluirse. Le recordó por un instante las perlas de aceite bailando en sus manos de pequeño mientras su madre se las lavaba después de comer.

Miro en todas direcciones pero ya no vio rastro de aquélla.
Entonces lo comprendió y serenamente se adentró donde las aguas se tornaban añiles.