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La vida se agota

Dos gotas caían sobre la tarja del fondo cada cinco segundos. Era el único ruido constante en toda la sala. Un ruido seco y penetrante se escuchaba, con menos frecuencia, y alteraba a la pequeña manada de ratones. Algunos, sin pelo y con los ojos enrojecidos, hicieron la viruta saltar cuando la mano, envuelta en blanco, dirigió el objeto plateado y con punta hacia el estómago de un indefenso ratón. Una línea roja y delgada se habría paso tras la punta del objeto. Cuarenta gotas de agua y la mano enguantada sostenía un cadáver. Uno de los ratones se alteró. Era su turno.