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Bancos de ADN

Al otro lado de la ventana sólo se veía el espacio exterior, y la tierra consumiéndose como una diminuta cerilla. Menos mal que lo eligieron a él. Daba igual si aquello era un arca de Noé o un banco de ADN, de lo que no había dudas era que él pasaría a los anales de la historia como el último ser humano. Lo pensaba henchido de orgullo. Tampoco importaba que su habitáculo estuviese embutido entre la de un cerdo y un chimpancé. A diferencia de la de ellos, el suyo era un habitáculo con vistas.