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Gusanos, bacterias y hongos que comen plástico

El plástico es un material muy resistente que tarda años e incluso siglos en degradarse. Una simple bolsa de plástico, de las que cada persona consume al año unas 230 unidades, tarda como mínimo 100 años en desaparecer. En este cuestionario que lanzamos con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, el pasado 5 de junio, te ofrecemos más datos curiosidades sobre el plástico.

Actualmente, la mejor manera de evitar la contaminación por plásticos es gestionar adecuadamente los residuos y evitar su vertido en el medio natural. Pero existe la posibilidad de que la propia naturaleza ayude a eliminar los restos de materias plásticas que se acumulan en vertederos, mates, ríos y montañas. Diversos estudios científicos han demostrados que algunos gusanos, bacterias y hongos pueden ser una solución natural a la degradación del plástico, puesto que son capaces de hacerlo desaparecer.

Es el caso del gusano de cera (Galleria mellonella) que se alimentan habitualmente de miel y cera de los panales de abejas, pero que también son también capaces de degradar el plástico. Investigadores del CSIC, en colaboración con Paolo Bombelli y Chris Howe de la Universidad de Cambridge, han publicado un estudio en la revista Current Biology en el que demuestran que este lepidóptero puede comer polietileno.

La investigación verifica, además, que la degradación se produce de una manera muy rápida, puesto que 100 gusanos de cera son capaces de biodegradar 92 miligramos de polietileno en 12 horas. En la actualidad, los procesos de degradación química son lentos y muy largos, pudiendo prolongarse durante meses. Además, requieren el uso de líquidos corrosivos como el ácido nítrico.

Foto: © Stanford University

Esta investigación ha servido de base a los jóvenes componentes del equipo ganador de la competición Stockholm Junior Water Prize, que en agosto viajarán a la final internacional de esta competición para defender su proyecto.

También las bacterias podrían ayudar a transformar un componente clave de vasos, platos y utensilios desechables en un plástico ecológico útil, reduciendo significativamente el impacto ambiental de esta corriente de desechos ubicua pero difícil de reciclar, según un estudio programado publicado por la revista de la American Chemical Society, Environmental Science & Technology.

Los microbios, una cepa especial de la bacteria del suelo Pseudomonas putida, convirtieron la espuma de poliestireno en un plástico biodegradable, según Kevin O’Connor, del University College Dublin.

O’Connor y sus colegas de Irlanda y Alemania, utilizaron la pirólisis, un proceso que transforma los materiales calentándolos en ausencia de oxígeno, para convertir el poliestireno, el componente clave de muchos productos desechables, en aceite de estireno. Los investigadores luego suministraron este aceite a la bacteria, que convirtió el aceite en un plástico biodegradable conocido como PHA (polihidroxialcanoatos). 

PHA tiene numerosos usos en medicina y se puede utilizar para fabricar utensilios de cocina de plástico, películas de embalaje y otros artículos desechables. El plástico biodegradable es resistente a líquidos calientes, grasas y aceites, y puede tener una larga vida útil. Pero a diferencia del poliestireno, se descompone fácilmente en el suelo, el agua, los sistemas sépticos y el compost doméstico.

Los hongos también han demostrado su utilidad para hacer desaparecer el plástico. El primero de estos ejemplos tiene su origen en la Amazonia. En setiembre de 2011, después de tres años de investigación, una veintena de investigadores de las universidades de Yale (EE.UU.) y San Antonio Abad del Cusco (Perú) publicaron en la revista Applied and Environmental Microbiology un artículo en el que explicaban los resultados de diversos experimentos de cultivo de hongos sobre sustratos con poliuretano plástico (PUR).

Los resultados más esperanzadores correspondieron al Pestalotiopsis microspora, un hongo endófito (que vive dentro de vegetales) que literalmente es capaz de alimentarse de plástico, incluso en ambientes sin oxígeno, como el que puede encontrarse en algunos vertederos de residuos. Los autores analizaron este hongo descubierto en 2008 en el Parque Nacional Yasuní (Ecuador).