El cambio climático también es cuestión de género

El cambio climático y la falta de igualdad de género son dos grandes retos para nuestra sociedad tanto de cara al presente como al futuro. Sin embargo, en términos generales, suele considerarse que no tienen relación directa. Y la tienen en varios sentidos, sobre todo en países en desarrollo, pero también en los considerados desarrollados.

Una situación de inferioridad

Porque género y clima está conectados de manera inextricable, en palabras de la medioambientalista Katharine Wilkinson. Las mujeres se encuentran afectadas por el cambio climático de manera desproporcionada a como afecta al hombre. Cuando una comunidad en particular sufre los efectos de inundaciones, sequías, tsunamis o incendios, son las niñas y las mujeres quienes más sufren las consecuencias debido a que, en términos generales, son las que menos derechos, dinero y libertades ostentan. Wikilson, por ejemplo, expone que, en algunas de estas circunstancias, «hay un mayor riesgo de desplazamiento, mayores probabilidades de ser heridos o muertos durante un desastre natural. La sequía prolongada puede precipitar el matrimonio temprano, ya que las familias se enfrentan a la escasez. Las inundaciones pueden forzar la prostitución de último recurso cuando las mujeres luchan por llegar a fin de mes. Estas dinámicas son más agudas en condiciones de pobreza”.

Si sumamos el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 5 -Igualdad de género- y el número 13 -Acción por el clima- obtenemos como resultado unas luchas que van, o deberían ir, de la mano. La mayoría de las víctimas del cambio climático son mujeres y su representación dentro de las cumbres internacionales es mucho menor que los hombres. La conexión entre desigualdad de género y cambio climático resulta compleja y obedece a diferentes elementos. Si se tiene en cuenta que el cambio climático aumenta la pobreza, las injusticias sociales, los desequilibrios de poder y de toma de decisiones, así como los conflictos sociales y políticos que traen inseguridad alimentaria y personal, se puede vislumbrar un contexto en el que niñas y mujeres son las más afectadas por esas circunstancias.

Las mujeres concentran la mayor cantidad de pobreza generada por el cambio climático; también son las más afectadas en cuanto a la salud, dado que las enfermedades producidas por la situación climática causan un número de muertes en el mundo que repercuten directamente en el colectivo femenino, ya que en muchos países tienen un acceso mucho más limitado a los servicios médicos que los hombres.

Los roles de género, las relaciones y la presencia en órganos de poder y de toma de decisiones, los ingresos y los activos, son elementos que contribuyen de manera diferente a las emisiones de gases de efecto invernadero, y, por tanto, favorecen al cambio climático y acentúan las desigualdades y discriminaciones de género. Una vez más, se hace necesaria la introducción en el discurso y en la actividad contra el cambio climático tanto la figura de la mujer como una perspectiva de género.

Una oportunidad para el cambio

Dentro de este contexto, no se debe olvidar algo positivo si se quiere tener en cuenta la coyuntura actual: la lucha contra el cambio climático es también una gran oportunidad para este siglo de cara a lograr mejoras, no solamente en cuanto al medio ambiente se refiere, también en relación con materias como la salud y el bienestar social y personal. Si atendemos a la situación de la mujer en un contexto mundial de inferioridad, se presenta como necesario que se convierta en agente clave del cambio a la hora de participar en las tomas de decisiones y en el diseño de las políticas y de las economías, así como disfrutar de una mayor presencia en instituciones para la elaboración de normas en las instituciones activas contra el cambio climático.

Para conseguirlo, se debe, evidentemente, también alcanzar la igualdad de género. Y entre las diferentes y poderosas razones para ello, se encuentra que sin ella la mujer no podrá acceder a un puesto destacado en la lucha contra el cambio climático, un desafío de gran envergadura dentro del cual su presencia podría ser clave para encontrar soluciones.

Las decisiones políticas y económicas que se toman en relación, por ejemplo, a la agricultura, la gestión de enfermedad y servicios sanitarios, así como la conservación y uso eficiente de los recursos hídricos, del agua, en definitiva, son esenciales a la hora de afrontar la problemática climática. Y dentro de estas decisiones, hay diferencias. Si bien algunas como el acceso a la energía limpia está en términos generales regulada tanto para hombres como para mujeres, otras crean desigualdades. Uno de los ejemplos más recurrentes y clarificadores se encuentra en el terreno de la agricultura o, de forma más específica, en el uso y explotación de la tierra de cultivo.

Sin embargo, debido a las leyes locales y a los prejuicios arraigados en algunas sociedades, las agricultoras reciben menos recursos y apoyo de sus gobiernos, además de ostentar menos derechos sobre su propia tierra que los hombres. Por ejemplo, incluso, en algunos países a las mujeres no se les permite poseer su propia tierra, lo que les hace imposible usar la tierra como garantía de un préstamo para comprar equipo agrícola, lo cual impide que pueda prosperar y trabajar la tierra como el hombre, creando una brecha de ingresos considerable y evitando, de este modo, la posibilidad de competir en el mercado. Es más, existen países en los que las mujeres, a la hora de pedir prestado dinero para sus negocios, no puede acceder a la ayuda económica sin la firma de un hombre. Restricciones que dificultan enormemente su capacidad para administrar sus granjas de manera eficiente, algo que conlleva, evidentemente, a rendimientos más bajos.

‘Ecofeminismo’

Desde el llamado “ecofeminismo”, se reivindica que solo habrá una lucha contra el cambio climático, y mejores respuestas y soluciones, si se consigue la igualdad y la inclusión de la mujer en un sistema regido por hombres. Del mismo modo que solo un cambio en las formas de producción económica actual podrá propiciar esa igualdad. De ahí que la mujer se deba incorporar, como hemos expuesto anteriormente, a la lucha contra el cambio climático y, sobre todo, introducir la lucha de género dentro de una perspectiva ecológica general y climática en particular.

Una manera de eliminar el rol de la mujer como víctima del cambio climático -aunque lo seguirá siendo hasta que no haya un cambio radical- y que se convierta en agente activo de la lucha. La perspectiva del ‘ecofeminismo’ radica en que, por ejemplo, como apunta Wilkinson, en países con una representación parlamentaria femenina por encima de la media y, aunque descompensada con respecto a la masculina, elevada, tienden a reservar más áreas de tierra protegida; o que, en general, las mujeres son más propensas a ratificar tratados sobre medioambiente, tanto a nivel nacional como internacional.

Pero para tener acceso a esos puestos de decisión y convertirse en agente activo, la mujer no solo debe poder romper el techo de cristal, también haber tenido previamente acceso a estudios. Es decir, también hay una problemática educacional y cultural en este sentido y que tiene dos vertientes diferentes según hablemos de país en desarrollo o desarrollados. Sobre los primeros, se estima que alrededor de 130 millones de mujeres en el mundo no pueden acceder a estudios, ya sea por la situación del país, ya sea porque su organización social y cultural impide a la mujer poder estudiar. Esto conduce a que la mujer, en esta situación, acabe encontrando su lugar, en términos generales, entre las paredes de su casa, como esposa y madre, situación que ahoga en gran medida sus posibilidades de empoderamiento.

En cuanto a los países desarrollados y con acceso igualitario en cuanto a género a la educación, el problema se encuentra en una cuestión de vocación hacia el sector STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), extendido entre ambos géneros, si bien, las niñas parecen que tienen una mayor predilección para elegir asignaturas STEM, así como carreras. Sin embargo, según se avanza en los estudios hacia el inicio de la vida laboral, la situación varía. Cuando la mujer debe dar el salto a la profesionalidad y al entorno laboral, encuentra más obstáculos a la hora de poder acceder a esa nueva esfera. Aunque el tema de la vocación científica STEM, tanto para hombres como para mujeres, se está trabajando en diferentes ámbitos, lo cierto es que se necesita de una variedad de políticas diferentes para romper esa brecha. Está claro que los programas escolares e iniciativas privadas para potenciar que las niñas tomen el camino de los estudios STEM es importante, pero también se impone la necesidad de desarrollar mejoras en el ámbito profesional para que las mujeres puedan superar el sesgo que persiste en muchos lugares de trabajo.

Porque cuantas más mujeres investigadoras estén trabajando, más oportunidades tendrá de encontrar formas innovadoras y sostenibles para la mitigación y la adaptación ante los efectos del cambio climático. De esta manera, la mujer se convertirá, en este sentido, en parte activa de la lucha contra esta situación y abrirá el camino hacia una mayor presencia en la lucha contra un problema que nos afecta a todos.

Para terminar, unas palabras de la eurodiputada Linnéa Engström, tras la XXIV Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático (COP24): “Pese a tener una huella de carbono menor, las mujeres son el 80% de los refugiados climáticos y las más perjudicadas por las temperaturas extremas y los desastres naturales. Tan solo podremos aprovechar las enormes oportunidades de limitar el cambio climático con una transición ecológica que sea justa y, por lo tanto, que incluya la perspectiva de género”.

Publicado el 14/02/2019