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La curiosidad

No descansó hasta conseguirlo, día y noche durante años había estado trabajando en su proyecto. Ni la fama ni el dinero le importaban, solo la curiosidad, que aterrizó en su mente cuando era pequeño impulsaba al senil científico a arriesgar la vida en aquel peligroso experimento, esa constante pregunta en su mente solo despegaría cuando resolviera las dudas que le anegaban y sabía que la respuesta bien valía su vida.

El investigador cerró los ojos y activó el interruptor.

Alguien tuvo la peregrina idea de entrevistar en horario de máxima audiencia al único científico que quedaba en un país arrasado por la ignorancia y la galbana. Cuando le preguntan por qué se hizo científico, se hace el silencio. Él recuerda su frío cuarto, más cerca de la pobreza que de la humildad. Ve los libros ajados en las estanterías y la vieja guitarra heredada de su abuelo. Los directivos de la cadena se alarman, pero de repente la cara del entrevistado se ilumina: “Fue sencillo. Yo era pobre, no tenía móviles inteligentes, ni tabletas, ni consolas; sólo tenía curiosidad”.