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Evasión o victoria

Era la chica más guapa y exótica de la oficina, la inalcanzable. Llevaba mucho tiempo pretendiéndola cuando me invitó a cenar en su casa y, claro, no me resistí. Sus ojitos rasgados me escrutaban mientras tomaba el sushi que ella misma había preparado. El pescado crudo no es lo mío, pero lo comía despacio, sonreía y trataba de que no se me hiciera bola; no quería parecerle un palurdo. Cuando vi a un gusano moverse, lo tenía casi en la boca. Y ya no pude más: me abalancé sobre ella y la besé.
Jesús Jiménez Reinaldo