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El bello ascensorista

Cada día cruzaba el hall y recorría el Sheraton planta a planta, pasillo a pasillo, subiendo y bajando en el ascensor. Lo hacía sólo por ver al ascensorista de uniforme rojo con brocados de oro, de quien estaba locamente enamorada. Él me sonreía más que a nadie. Cuando lo automatizaron, el director me recibió con una sonrisa tan blanda como su mano. Le crucé la garganta de lado a lado con su propio abrecartas. Lo limpié en el primer escalón alfombrado, bajé las escaleras andando y no volví jamás.
Cristina Cifuentes Bayo