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El aerogenerador

No hizo falta que mi hijo me lo advirtiera. Supe que habíamos llegado por el zumbido acompasado que producían las gigantescas aspas al girar sobre su eje, y también por los rayos de sol crepuscular que, alternándose con brevísimos lapsos de sombra, alcanzaban mi cara. Para mis ojos, privados desde siempre de visión, aquel gigante no era muy distinto a los molinos que mi madre había descrito al relatarme, cuando era niño, las andanzas de Don Quijote y su fiel escudero.

Joaquín Valls Arnau