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Confesión del oceanógrafo

Confesión del oceanógrafo

Autor: Pablo Rubio Ortega

Cuando era niño y no quería ir a clase fingía tener fiebre. Pedía a mi madre el termómetro digital y acercaba su sensor de medición a la bombilla de la lámpara de mi mesilla. La primera vez no calculé bien. Arrimé demasiado el termómetro y la gradación subió hasta marcar 48 grados, luego se desvaneció. Ahora tomo la temperatura del mar a través de un sistema de boyas. Ya ha pasado de los 48 grados, pero estos aparatos especializados aguantan eso y más. Me pregunto cuánto tardaremos en desvanecernos nosotros.

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