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Escritura nocturna

Parpadear es hacer una pausa.

Cuando Napoleón Bonaparte hizo un llamamiento para dar con un código secreto que sus soldados pudieran utilizar para comunicarse de noche (en silencio y sin luz), Charles Barbier de la Serre, capitán del ejército francés, inventó la «écriture nocturne» o «escritura nocturna».

Barbier, que pretendía eliminar la necesidad tanto de sonido como de luz para enviar mensajes por la noche en el campo de batalla, ideó una cuadrícula de cartón de seis por seis casillas con una serie de puntos que se correspondían con las letras y los sonidos del alfabeto francés. Los soldados podían pasar los dedos por los puntos en relieve para comunicarse en la oscuridad. El sistema, difícil de aprender y poco eficaz, podía llegar a requerir doce puntos para representar un solo símbolo/sonido, y las fuerzas armadas lo rechazaron rápidamente.

Al cabo de unos años, el real instituto para Jóvenes Ciegos invitó a Barbier a presentar su idea a un grupo de alumnos, entre los que fue bien recibida de inmediato, ya que los puntos les parecían mucho más manejables que el sistema convencional de letras latinas en relieve, con la complejidad de sus curvas y sus rectas. A un alumno en concreto, un niño ciego de doce años llamado Louis Braille, se le ocurrieron algunas sugerencias para mejorar el método de Barbier reduciendo la cantidad de puntos, de doce en seis filas a seis en tres filas, de modo que la yema del dedo humano pudiera percibir todo el carácter de una sola vez, lo que permitía pasar con agilidad de un símbolo (o «celda») a otro.

Aunque Barbier no se mostró muy receptivo a esas propuestas, lo cierto es que la versión perfeccionada de su idea original fue la que acabó revolucionando el sistema de lectura para los ciegos, lo que más adelante se conocería como «braille».

Incondicional

Yo escribía silencios, noches, tomaba nota de lo inexpresable.

Rimbaud

El recuerdo casi nunca se manifiesta como una escena general, sino como una serie de detalles sensoriales. Barthes habla del «punctum» fotográfico, el pequeño detalle que surge de una imagen como una flecha y se nos «clava». Al igual que una imagen hablada, una palabra es persuasiva. Visual cuando se escribe y sonora cuando se dice, una palabra determinada penetra en el oyente cuando toca un punto sensible. Establece una conexión subjetiva entre el hablante y el receptor, un dialecto privado.

Como el dibujo, la escritura es de una intimidad inequívoca. Es la expresión más inmediata entre la imaginación y la realidad silenciosa, un vínculo frágil que revela lo que hay de privado en un gesto de marca o de palabra. Aunque las palabras puedan parecer sólidas, la pausa entre palabras es siempre exquisita, rebosa resonancia. Todo acto de espera se carga con la promesa de que lo siga algo excepcional; un momento vacío no tiene más remedio que crecer.

Una buena pausa, da igual que dure unos cuantos segundos o unas cuantas líneas, o unos cuantos meses, es contundente. El ritmo, al parecer, lo es todo.

¿Y si creo un lenguaje de pausas? Al oscurecer las palabras, al disolverlas sólo un poquito, podría dedicarme a una especie de alquimia de la escritura, a un código confidencial.

Todo lo cercano se aleja.

Goethe

Siempre me ha fascinado la conexión entre lo visual y lo táctil, lo que Juhani Pallasmaa llama con tanta elocuencia «los ojos de la piel». ¿Qué quiere decir, exactamente, ser ciego? ¿Y cómo entronca con la vista el sentido del tacto, el más primario y el que antes desarrollamos? Borges hablaba de su «modesta ceguera», de que veía colores, pero no las tinieblas que se vinculan a la pérdida de la visión: La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro. [...] uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. «Le rouge et le noir» son los colores que nos faltan.

A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego. […] el mundo del ciego no es la noche que la gente supone. si reconsideramos la ceguera como una variedad infinita de los niveles de la vista, resulta fácil ampliarla a otros tipos de visión restringida o aumentada: ocultar, camuflar, tapar, atisbar, escudriñar, retirar, escrutar, observar, divisar, ojear, destellar, enmascarar, proyectar, evitar, disimular, enterrar, enfundar y eclipsar. Todos esos verbos sugieren una «falta de visión» menos conectada con la función física del ojo y más íntimamente relacionada con las demás formas de visualizar algo: soñar, pensar e imaginar.

Intuitivamente, cerramos los ojos tanto para recordar como para olvidar. Mirar, ver, contemplar, observar... siempre implica una distancia entre el sujeto y el objeto, mientras que tocar siempre implica una proximidad tangible. ¿Qué sucede, pues, cuando soñamos? Al entablar ese diálogo interno y sumamente íntimo que conforma la imaginación involuntaria, tenemos la sensación de que lo muy próximo y lo muy lejano se convierten en una misma cosa. El acto del sueño, tan personal y tan inalterado, se convierte a la vez en una especie de sensación táctil, palpable a larga distancia, y en una acción visual íntima a corta distancia. Es casi como si, de algún modo, avanzáramos instintivamente palpando las pistas visuales. Al referirse a la lenta evolución de su propia ceguera, Borges dijo que era más un don que «una total desventura»:

debe ser un instrumento más entre los muchos, tan extraños, que el destino o el azar nos deparan.

Extracto del texto recogido en Granta, otoño 2015. Traducción del inglés de Carlos Mayor

 

Sobre el autor

Teresita Fernández

Artista norteamericana, entre otros ha recibido los premios MacArthur Foundation,Guggenheim Fellowship,American Academy in Rome.


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