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Circe, un barco de cine

Todo comenzó en 1929, cuando un tal Templeton Crocker decidió reemplazar con un lujoso velero el navío que había perdido durante un alzamiento revolucionario en las costas de México.

La nueva embarcación heredaría el nombre de su precedente: Zaca (jefe, en lengua chumash) y sería construida en California, en los astilleros Nunes Brothers. Era tan grande que las instalaciones de la compañía resultaron insuficientes y hubo que habilitar la avenida central de Sausalito para acabarla. Esa fue la primera de las muchas extravagancias que iban a marcar su devenir a lo largo del siglo.

Una de sus travesías iniciales tuvo como vano propósito la exploración de una zona recóndita de las Islas Salomón donde Crocker pretendía localizar a una tribu polinesia que supuestamente no había contactado jamás con el hombre blanco. Durante la Segunda Guerra Mundial el barco fue decomisado y utilizado como estación de radio militar y, tras el conflicto, adquirido por Errol Flynn, ya en el ocaso de su carrera. El Zaca se convirtió entonces en una fiesta perpetua en alta mar, un auténtico y descontrolado harén flotante.  Más tarde el actor se embarcaría rumbo a Acapulco en compañía de su padre, biólogo marino, y de un nutrido grupo de técnicos con el objetivo de rodar un documental científico. El viaje resultó un fracaso, y la película nunca se realizó. Pero el destino del barco estaba irremediablemente ligado al séptimo arte, pues ese mismo año Flynn lo alquiló a Orson Welles y a su entonces esposa Rita Hayworth para el rodaje de La dama de Shanghai. Justo el día en que daba inicio, uno de los asistentes de cámara sufrió un infarto. Su cuerpo fue lanzado al mar para evitar complicaciones con las autoridades.

 Después de la muerte de Flynn y de litigios diversos, el velero fue adquirido por un millonario inglés con fama de playboy que lo despojó de todos sus elementos de valor y lo dejó abandonado en el puerto de nuestro pueblo, Villefranche. La historia de su decadencia corre paralela a la de mi infancia. Durante esos años de retiro forzado, la fama negra del Zaca fue aumentando. Muchos pescadores decían haber escuchado los llantos de una mujer que provenían de él, y algunos aseguraban haber visto en la cubierta al fantasma del actor.

Durante el verano de 1979, por fin, se celebró su famoso exorcismo: los propietarios del astillero se habían planteado remodelarlo y creyeron que lo más apropiado era realizar antes una «limpieza ritual». La prensa abarrotó el puerto, se fletaron yates y modestas embarcaciones de pesca para presenciar de cerca la ceremonia, doblemente oficiada por un cura católico y un pastor anglicano.

Pero la goleta aún tenía reservada para mi familia otro modesto suceso. Ocurrió en 1983. Aquel año Villefranche acogía el rodaje de algunas escenas de una de las superproducciones de la saga de James Bond, así que era fácil ver por allí a rostros del cine distintos a los del grupito de actores que seleccionaban nuestra población como habitual lugar de vacaciones.

Según el relato de mi abuelo, repetido hasta la saciedad durante los meses siguientes, una mañana en que paseaba por el puerto vio que un hombre muy corpulento y ataviado con un sombrero algo anticuado observaba con interés el Zaca mientras fumaba su puro. Al acercarse un poco más corroboró su sospecha: se trataba del mismísimo Orson Welles. A partir de ahí el relato se demoraba en la descripción de la conversación que aseguraba que habían mantenido mientras miraban melancólicamente el perfil del barco, aún destrozado, por cierto.

Con cada nueva narración del encuentro, François ofrecía nuevos datos que modificaban la anterior versión. En una de ellas, Welles había venido a Villefranche para tratar asuntos de negocios con los productores de la película de Bond. En otra, estaba de paso por Cannes y había aprovechado la cercanía para «encontrarse de nuevo con el Circe» ―pues tal era el nombre ficticio que portó la embarcación en su famosa película―. A veces era alguna de sus frecuentes visitas a España la que habría propiciado el melancólico episodio. Lo que no cambiaba nunca era el motivo por el que el director se encontraba en el puerto aquella mañana: contemplar los despojos de ese símbolo del esplendor del pasado, cuando tantas cosas parecían todavía posibles. La inconsistencia del relato, en todo caso, y el hecho de que nadie más hubiera visto a Welles por la localidad, tuvieron como predecible efecto que la anécdota de mi abuelo fuera cuestionada sin contemplaciones. Tampoco ayudaba su fama de fabulador. Y sin embargo, como prueba para él incontestable del encuentro, François mostraba un enorme habano que habría de conservar en calidad de reliquia hasta el día de su muerte.

Quiso el azar o el destino, a cuál de ellos más burlón, que François y Welles murieran el mismo día del mismo año: el 10 de octubre de 1985. La vida no es a menudo más que un complicado juego de espejos, como la célebre escena final de La dama de Shanghai. Por lo que respecta al barco, su suerte cambiaría poco después, cuando un empresario italiano se hiciera con él y procediera, ahora sí, a una rigurosa y larga rehabilitación. El barco reapareció en 1993, con motivo de una regata. El círculo se cerró con naturalidad. Como la de las personas, la naturaleza profunda de los objetos es muy difícil de modificar. El Zaca nació de la voluntad de lujo y a ella volvió tres cuartos de siglo después. Hoy se limita a pasear su altivez por prestigiosas competiciones veraniegas, mientras que en invierno, como un viejo rico más, reposa sus disimuladas arrugas frente a las costas de Montecarlo.

 

Sobre el autor

Juan Vico
Licenciado en Comunicación Audiovisual y máster en Teoría de la Literatura. Ha colaborado con diversos medios de comunicación y ha sido redactor jefe de la revista literaria Quimera. Es autor de las novelas Hobo (La Isla de Siltolá, 2012) y El teatro de la luz (Gadir, 2013), con la que obtuvo el Premio Fundación MonteLeón. Su primer libro de relatos, El Claustro Rojo (Sloper, 2014), le valió el Premio Café 1916. Ha publicado también tres libros de poesía: Víspera de ayer (Pre-Textos, 2005), Still Life (UAB, 2011) y La balada de Molly Sinclair (Origami, 2014). Su nueva novela, Los bosques imantados, fue editada por Seix Barral en 2016.

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