fbpx
Fundación Aquae > Quilotoa: la caldera gigante

Quilotoa: la caldera gigante

10/06/2015 - Blog - Martina Bastos
Compartir en

A las 16:30hs María Elsa Latacunga ya está cenando. Pescado, aunque no sabe cuál.


Para ella el pescado es simplemente pescado, el de siempre, el único que una vez a la semana -o tal vez al mes- alguien viene a vender a Quilotoa. Lo come con las manos y tira las espinas al suelo. A veces caen en mis botas, pero María Elsa no se inmuta. Solo suelta el pescado para pasar la mano por mi chubasquero verde. Lleva un rato mirándolo sin disimulo. Creo que le gusta. María Elsa está casada con Enrique Guamagate, y juntos acogen en su casa a los pocos turistas que llegan en temporada baja a Quilotoa, en Ecuador.



Lo mejor de Quilotoa es, en parte, el hecho de llegar hasta allí. Una carretera sin nombre se desvía de la Panamericana para atravesar varios pueblos de montaña. No hay ningún autobús que cubra toda la ruta, pero uno puede moverse en camioneta, camión lechero, o simplemente caminar. En las laderas de las montañas, mosaicos irregulares de campos de cultivo en tonos verdes, amarillos y ocres. ¿Cómo se puede sembrar maíz y patatas a esa altitud y con esa pendiente? 



Entre los pliegues de los páramos pastan llamas y ovejas: alimento, vestido y transporte para las comunidades de la zona. Curvas entre fallas, quebradas, cañones, y a 3914m, la naturaleza se da un capricho descomunal: un inmenso lago verde esmeralda en el cráter de un volcán.


La laguna de Quilotoa (con permiso de las leyendas) se formó a partir del colapso del volcán Quilotoa, y hoy en día, el cráter alberga una extensión de agua de 3'15km de diámetro que varía su color según la temporada y la incidencia de los rayos solares. Cambia de azul a verde o viceversa pasando por tonos turquesa, jade o zafiro. Se puede pasar horas observando los cambios: los brillos, las sombras, los matices. Se accede por un diminuto corte en lo alto del cráter y la imagen aparece como una bofetada en la cara.



Por las paredes del volcán se puede seguir la ruta que lleva al lago. No es una pendiente suave, sino un desnivel pronunciado que alcanza en algunas zonas los 70º de inclinación. Bajar es relativamente fácil; subir es otra historia: salvar esa pendiente a una altitud cercana a 4000m supone un esfuerzo titánico. Durante la subida, un grupo de estudiantes de Geología, recién llegados de la costa, apenas pueden respirar. Su profesor les habla de la concentración de minerales que da color al agua y de su alto contenido en azufre: ni existen peces ni es potable.



La familia Guamagate-Latacunga vive junto al agua verde con sus tres hijos: Naida, Claudio y Franklin. Naida es mi preferida. Tiene 14 años y es la inocencia subida a unos tacones que no domina. Se balancea de izquierda a derecha con una torpeza que la hace más entrañable todavía. Los tacones forman parte de la indumentaria de la sierra, junto a los collares dorados y el sombrero de fieltro de ala corta con pluma de pavo real. 



El suelo está lleno de espinas. María Elsa vuelve a palpar mi chubasquero verde como si acariciara a un extraterrestre. Definitivamente le gusta mucho. Farfulla en quechua con su marido y se confiesa en un español dificultoso. Propone cambiármelo por un poncho de lana. Apenas tienen prendas impermeables porque allí no se fabrican, resultan difíciles de encontrar y cuando lo hacen son excesivamente caras. Suelen vestir ropas de lana: muy calientes pero se calan con la lluvia. El chubasquero, sin embargo, le queda demasiado pequeño. María Elsa lo mira con nostalgia: "Bien bonito", dice, "Bien verde". Como la laguna que fuimos buscando a Quilotoa. Porque a eso fuimos, aunque a esas alturas, la laguna ya había dejado de ser lo más importante.

 

Etiquetas:

Sobre el autor

Escribe sobre realidades y le han premiado por ello. En 2012 recibió el premio Las Nuevas Plumas 2012 por su texto "La gran mudanza". Ha ganado el certamen Diez Años Viajando Juntos de la revista National Geographic, y en 2014 recibió el premio Don Quijote de Periodismo, en el marco de la XXXI edición de los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España, que convocan anualmente la Agencia EFE y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), por su trabajo "La lluvia es una cosa que sucede en el pasado”.

 

Compartir en