Fundación Aquae > Desiertos habitados

Desiertos habitados

19/04/2018 - Blog - Beatriz García-Risco Fernández
A pesar de ser un barrio de la tercera ciudad más importante de Perú, Alto Trujillo no tiene una entrada propia en la Wikipedia. Pasa por tanto desapercibido para muchos. Pero no para esta joven cooperante que comparte con Fundación Aquae sus impresiones sobre un gran desierto de arena fina, sumido en la pobreza y a partes cubierto por la suciedad. “Es una inmensidad que aporta a partes iguales una extraña belleza y un profundo dolor”.
Compartir en

Era un desierto hasta que empezaron a llegar los primeros pobladores migrantes de la sierra del país, con la esperanza de que la gran ciudad les diera la vida digna que soñaban.


Nada más lejos de la realidad...


Los escasos recursos y la precariedad han hecho que la pobreza se multiplique cada día y que la delincuencia se apodere de las calles en busca, tal vez, de justicia.



A pesar de que la mayoría de la población es analfabeta, su gente brilla de forma muy especial. Es gente superviviente y luchadora.


En un lugar fuertemente azotado por el machismo las madres han aprendido el verdadero valor de la vida.


Encontramos sueños truncados pero corazones enormes regalando un plato de comida o una fruta a los que nos acercamos a ellos con el corazón en un puño.


Gente con tanto que contar, con historias para escribir libros y libros.


Familias con 5 ó 7 hijos con la ilusión y la esperanza que la rueda gire y esta vez no les toque a ellos.


Durmiendo en casas de barro y cocinando gran parte a leña se encuentran los pobladores de este lugar mágico.


Agua: casi una desconocida


El agua escasea en esta región. La mitad del Alto Trujillo vive sin agua ni desagüe. El agua se compra en baldes, 3 ó 4 baldes por un Sol, depende el barrio. Lo cargan desde el punto más cercano hasta su casa.


Hay unos tanques enormes que son rellenados cada cierto tiempo. Cada vecino de ese barrio se turna para vender ese agua que llenan, por una semana. Si se acaba el tanque sólo queda esperar. La gente llena en sus casas barreños, mini tanques y todo lo recipiente posible para bañarse, para lavar la ropa, para cocinar o para beber.


Con suerte quien tiene luz puede hervir el agua. Porque la “cara B” de esta situación son la multitud de enfermedades que conlleva consumir agua estancada durante días sin tapar.



A pesar de los esfuerzos de concienciar a la población de los centros de salud sobre enfermedades como dengue, la respuesta es siempre la misma: “Prefiero agua con mosquitos de dengue que no poder ni cocinar”.


El agua embotellada es un lujo que no todos pueden permitirse. Una botella de medio litro vale lo mismo que 4 baldes del agua del taque.


 

En épocas de riadas lo primero que escasea es el agua, como sucedió el año pasado cuando la gente suplicaba por un balde de agua que cargaban durante km y por el que esperaban horas al infernal sol. Inhumano.


El baño, un hueco en la tierra sin posibilidad de echar ni agua porque se llenaría el hueco más rápido y deberían abrir otro. Pozo ciego lo llaman.


Como buen desierto pocas veces llueve, pero el cambio climático está haciendo que esto no sea tan raro, lo cual es desastroso para la población, ya que llueve sobre casas de barro y techos de plástico llenos de agujero.


El agua es por tanto el bien más preciado y a la vez más temido.

 

Etiquetas:

Sobre el autor

Licenciada en ADE y Comunicación Audiovisual. Máster en Comunicación Corporativa y Publicitaria en la UCM. Experiencia de más de siete años en Comunicación Política y Corporativa, en diferentes sectores. Ahora volcada en la ONGD KULLI, un proyecto solidario alojado en Alto Trujillo (Perú). Además de captar financiación, me dedico a crear una imagen y un estilo que describa de la manera más transparente la labor solidaria que realiza esta Organización desde su inicio.

 

Compartir en