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Computadoras húmedas

29/07/2014 - Blog - Roberta Bosco y Stefano Caldana
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Pese a lo que muchos creen, la historia de las computadoras no arranca en tiempos recientes. La trayectoria de las máquinas calculadoras es mucho más larga de lo que comúnmente se piensa y hay que remontarse más de 2.000 años atrás en el tiempo para encontrar el Mecanismo de Anticitera, la más antigua computadora conocida. Descubierto en la isla griega de Anticitera en el 87 a.C., este arcaico dispositivo se utilizó para calcular las posiciones astronómicas de los planetas y otros fenómenos recurrentes, como los eclipses. Antes de la eclosión de la informática digital se trabajaba con sistemas computacionales analógicos, que asentaban su funcionamiento en dispositivos electrónicos y mecánicos. Sin embargo en algunos círculos, ya en el siglo pasado se popularizaron los primeros procesadores hidráulicos, verdaderas máquinas computacionales que utilizaban el agua para realizar operaciones más o menos complejas. En la genealogía de las calculadoras hidráulicas una de las más célebres fue creada en 1936 por el arquitecto y artista ruso Vladimir Lukyanov. Esta máquina, la primera que permitió la solución parcial de ecuaciones diferenciales y muchos otros problemas matemáticos y físicos, en Rusia fue utilizada hasta la década de 1980 cuando se remplazó por las más sofisticadas computadoras digitales. Por otro lado, en 1949 el economista neozelandés William Phillips desarrolló MONIAC  otro exitoso modelo hidráulico que se aplicó ampliamente en ámbitos de cálculo y estadísticas económicas. Estos dispositivos resuelven ecuaciones mediante el análisis del flujo que circula a través de una serie de tubos interconectados, llenos de agua. El sistema fue acogido con especial entusiasmo por científicos con marcadas aptitudes creativas como el propio Lukyanov, que además de arquitecto fue pintor y artista gráfico, y la artista canadiense Diane Morin, que en 2013 volvió a introducir el agua en sus investigaciones sobre el cálculo cinético. Le grand calculateur I es una compleja instalación electromecánica basada en unos relés que ejecutan simples operaciones aritméticas utilizando unos conmutadores (interruptores), elaborados a partir de unos tubos de ensayo llenos de agua, que se activan en base a los cambios de nivel del componente líquido. “El relé electromecánico se compone de dos elementos: una bobina de alambre de cobre y una serie de conmutadores mecánicos. Cuando la corriente eléctrica pasa por una bobina esta se magnetiza y los conmutadores reaccionan con un cambio de posición”, explica Morin. Los datos generados son retransmitidos a través de un sistema de hilos conductores a un conjunto de relés electromagnéticos, que completan la instalación en otro lado del espacio expositivo, donde se llevan a cabo las operaciones matemáticas. Diane Morin recibió una mención de honor por esta obra en la pasada edición de los premios VIDA, el prestigioso concurso internacional de proyectos artísticos realizados con tecnologías y conceptos de vida artificial, organizado por la Fundación Telefónica de Madrid. Para crear Le grand calculateur I, la artista canadiense se inspiró en la novela de ciencia ficción Solaris (1961) de Stanislaw Lem, que describe el Océano del planeta Solaris como un ser y una gigantesca entidad de cálculo a la vez.

 

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Sobre el autor

Roberta es periodista especializada en arte contemporáneo y nuevos medios y Stefano en cultura digital. Son autores de El Arte en la Edad del Silicio, un espacio permanente dedicado al new media art en El País. Roberta es miembro habitual del jurado del Premio Diseña de Fundación Aquae.

 

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