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El permafrost, aunque no lo veamos, también se derrite

Sabemos que los glaciares se están derritiendo de manera alarmante. Pero también lo está haciendo la capa permanente congelada del Ártico, el permafrost. Las consecuencias son diversas y su ritmo no tiene precedentes, un 240% más rápido que hace 40 años.

Unas semanas atrás fue noticia el hallazgo de un cabeza de lobo encontrada congelada en muy buen estado de conservación y que correspondía a un ejemplar de gran tamaño que vivió hace alrededor de 40.000 años. Fue encontrada en el permafrost, una capa helada subterránea que continúa siendo, en líneas generales, un gran misterio para los investigadores del clima. “No se trata de una capa; es una definición que engloba cualquier material en el suelo que esté helado. Puede ser roca, agua y hasta un mamut. Lo único que requiere es que esté permanentemente congelado durante dos años seguidos”, aclaraba Miguel Ángel de Pablo Hernández, investigador del departamento de Geología, Geografía y Medio Ambiente de la Universidad de Alcalá de Henares.

Pero sí se sabe que está desapareciendo

Para estudiar el permafrost es necesario llevar a cabo profundas perforaciones en el suelo de hasta 200 metros para monitorizar lo que sucede en el interior. Desde 2007 se lleva a cabo investigaciones de este tipo. Es una zona, considerada la parte invisible de la criosfera, que no permite un estudio fácil, como sí sucede con los glaciares. Marc Oliva, investigador del grupo Antárico, Ártico y Medio Ambiente Alpino de la Universidad de Barcelona, ha declarado que “durante la pasada pequeña edad de hielo, entre 1300 y 1800, se extendió el permafrost y los glaciares y el CO2 quedó atrapado junto a la materia orgánica. En el siguiente periodo interglaciar, desde 1800, subió la temperatura y, con ella la concentración de CO2 en la atmósfera. De forma natural llegaría a las 280-300 partes por millón. Sin embargo, desde entonces le sumamos las emisiones de la actividad humana. Por eso nos encontramos con récords cada año”.

Porque en Siberia, Canadá y en la región ártica, existe el peligro que, en caso de que esta capa desaparezca, se libere CO2 y metano a la atmósfera en cantidades grandes. Si aumenta su presencia en la atmósfera se produciría un proceso de retroalimentación muy negativo, dado que aumentaría la temperatura y los deshielos se acelerarían.

Un 240% más rápido

Has varias zonas que están viviendo las consecuencias de la desaparición del permafrost de maneras más evidente: el norte de Europa, Mongolia, Siberia, Alaska y Canadá, dado que es donde más está subiendo la temperatura en sus zonas más frías. En un estudio publicado por la Universidad de Alaska se afirma que el permafrost ártico se está derritiendo hasta un 240% más rápido que hace cuatro décadas. Uno de los motivos principales son las olas de calor. Eso supone que enteros sectores verán desaparecer completamente su suelo.

El proyecto Nunataryuk

Desde 2017 se está llevando a cabo un gran proyecto de monitorización, el Nunataryuk, cuyo objetivo es analizar el efecto del derretimiento de la costa y del permafrost del suelo marino en el cambio climático.

Pero el permafrost y su derretimiento no solo afecta a las anteriores zonas, dado que también se encuentra en el Pirineo, en Sierra Nevada o los Alpes y si se descongela “las grietas se hacen inestables. Para los montañeros es interesante sondear estas zonas donde antes hubo glaciares. Se ponen sensores en las paredes de las altas montañas y se estudia si éstas se están viendo afectadas por las temperaturas. Si hay una ola de calor se cierran ciertos picos a los alpinistas”, señala Oliva.

Este derretimiento también afectaría a los ecosistemas marinos -dado que supondría una llegada a las aguas de materia orgánica, mercurio o cadmio-, aumentaría el nivel del mal, produciría un cambio en su salinidad y en la temperatura del agua.

 


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