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Ácido gástrico

La hormiga dijo basta. Dijo yo, aunque hormiga, soy una. Escaló sola y libre hasta la cúspide del césped. Vio como nunca la sabana y a sus hermanas, las esclavas. Un lenguetazo súbito la depositó en el estómago de una vaca. Tras morir desintegrada por los ácidos gástricos del animal, de los restos de su diminuto cerebro emergió decorosa una bactería que no pudo evitar compadecerse de la muerte de su ingenuo rehén. Rogó paz a sus restos. Luego procreó libre al calor del vientre vacuno.
Alexánder José Fernández Benítez