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Microplásticos en el mar: ¿posible vector de enfermedades?

Sabemos desde hace tiempo que los residuos plásticos van fragmentándose una y otra vez hasta constituir esa amalgama de micro partículas que se ha convertido en un problema ambiental de primer orden tanto en la tierra como en los océanos.

A día de hoy, según reza en un estudio realizado por investigadores de tres centros estadounidenses los humanos hemos fabricado ya unos 8.300 millones de toneladas de plástico. Solo en 2015 se produjeron 6.300 toneladas de este ubicuo material, de las cuales alrededor de un 9% fue recicladas, un 12% incineradas y el resto, el 79% fue acumulándose en el medio ambiente. De continuar con los actuales patrones de producción y gestión de los residuos, se calcula que la cantidad de plásticos abandonada a su suerte en 2050 podría alcanzar la friolera de 12.000 toneladas. Sabemos también, perfectamente, los estropicios ecológicos que esto genera: se calcula que el 90% de las aves marinas han consumido plástico alguna vez, confundiéndolo con comida, un tema que ha retratado de forma impactante el artista Chris Jordan. Y uno de cada seis peces de especies comerciales alberga microplásticos en su estómago, según datos del Instituto Español de Oceanografía (IEO). Esos imperecederos fragmentos se han colado de pleno en la cadena trófica, y además de contaminar ecosistemas en todo el mundo, también circulan por los conductos de agua potable en todo el mundo. Es decir: salen en el flujo de agua cuando abrimos el grifo. Invisibles, están presentes en el 83% de aguas del grifo del mundo. No solo proceden de esa multifragmentación de productos plásticos, también los generamos en ingentes cantidades en múltiples actividades cotidianas: los contienen los fertilizantes agrícolas, muchos productos de cosmética (exfoliantes, pasta de dientes, detergentes…), pinturas, neumáticos… y los tejidos de microfibra: en cada lavadora, se desprenden miles de microscópicos cachitos de plástico que se van por el desagüe.

Muchas instituciones científicas de varias partes del mundo están investigando los efectos que ese aporte masivo de material plástico en los ecosistemas y organismos asociados (lógicamente, también nosotros) puede tener a corto y largo plazo. Entre ellas, el Instituto Alfred Wagener (AWI) de Alemania, con sedes en Bremerhaven, Postdam, Helgoland y Sylt. En el centro de Helgoland el microbiólogo Gunnar Gerdts ha puesto el foco en uno de los aspectos menos conocido de estas partículas: los microorganismos que habitan en su superficie, un proceso por otra parte del todo natural, afirma Gerdts, pues las bacterias y los organismos unicelulares del mar aprovechan todo tipo de soporte para instalarse, ya sean piedras, los cascos de los barcos o las conchas de los caracoles. Lo preocupante no es la presencia de seres vivos en esas partículas, sino el tipo de microorganismos que Gerdts ha detectado en ellas, pues algunos son nocivos, como la bacteria Vibrio parahaemolyticus, un agente patógeno causante de gastroenteritis, diarrea y vómitos. ¿Pueden esas partículas plásticas convertirse en un vector de enfermedades?, cabe preguntarse. «De momento no lo sabemos —dice Gerdts—. Pero es posible que en el futuro las masas de microplásticos acumuladas en el océano promuevan la propagación de enfermedades».

Foto: Acúmulo de residuos plásticos en Singapur / Wikipedia

Gerdt y otros investigadores del AWI están estudiando también cómo reaccionan los distintos organismos marinos ante la ingesta obligada de esos residuos plásticos, con el objetivo de determinar cuáles son los grupos con mayor riesgo. Por el momento han descubierto que en los crustáceos isópodos, esas partículas transitan a través del tracto intestinal para acabar siendo excretadas sin más complicaciones. En cambio, las investigaciones realizadas en el laboratorio por Angela Koehler, al frente del grupo de Biología celular y Toxicología de los organismos marinos de la sede de AWI en Bremerhaven, han evidenciado que los bivalvos sí se ven afectados negativamente cuando la concentración de esas micropartículas es alta, lo que les causa inflamación en distintas partes de su organismo.

El problema es grave en todo el planeta y la solución requiere un esfuerzo colaborativo a nivel internacional. En ese marco, desde 2015 Gerdts dirige un proyecto europeo llamado Baseman en el que participan 24 instituciones de 11 países distintos para evaluar el problema a nivel global. Pero la cuestión de fondo sigue siendo la misma: ¿cómo retirar esa descomunal miríada de microplásticos de los océanos? Es una misión realmente difícil, y más si tenemos en cuenta que la mayoría de ellos no están en la superficie, sino flotando en la parte media de la columna de agua o asentados en los fondos marinos. Lo que sí se podría hacer con inmediatez es tomar las medidas necesarias para frenar esa aportación continua al medio ambiente de un residuo que, como sabemos perfectamente, es una auténtica bomba de relojería. La cuestión es la de siempre: ¿por qué tardamos tanto en reaccionar? Ese sin duda sería un gran tema digno de una macroinvestigación internacional y multidisciplinar. Quizá sería la única forma de averiguar qué es lo que puede detonar en nosotros, como especie, una actitud realmente proactiva. La esperanza de conseguirlo debería ser nuestro señuelo.

Este gráfico muestra los microplásticos que contiene el agua del grifo en el mundo en general y en determinadas regiones en concreto.

Imagen de Orbmedia

 

Sobre el autor

Eva van den Berg
Redactora y editora de secciones para la edición española del National Geographic. Guionista y documentalista.

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