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La mar en diciembre

21/12/2016 - Firmas - Jose Luis Gallego
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Los ecosistemas costeros, ya se trate de una cala de guijarros o una larga playa de arena, un embarcadero entre las rocas o una marisma de aguas someras, son uno de los destinos más interesantes para los amantes de la naturaleza en diciembre. Porque además de la serenidad que contagian, existe un buen número de excusas para llegarse hasta el mar precisamente ahora, cuando la mayoría prefiere hacer cola en las estaciones de esquí. Y una de ellas es el placer de contemplar a las aves marinas en libertad.

Como todos los años por estas fechas están empezando a bajar del norte, empujadas por el frío y la nieve, un buen número de especies migratorias que viven en el mar y optan por establecer en nuestro litoral sus cuarteles de invierno. Son unas aves sumamente elegantes, de todas las formas y tamaños, de todos los plumajes: pardelas, pagazas, charranes, colimbos, petreles, alcatraces… Pájaros del frío que realizan largos viajes para pasar el invierno en nuestras costas.

Uno de ellos es el pequeño paiño europeo (Hydrobates pelagicus), ave pelágica que pasa su vida sobrevolando eternamente el vaivén de las olas mar adentro y solo se deja ver en la costa durante los días de fuerte temporal. De ahí su nombre en catalán, uno de los más bellos entre las aves: ocell de tempesta, pájaro de tormenta.



Dibujo paiño europeo. Imagen tomada de SEO Bird Life (http://www.seo.org/ave/paino-europeo/)

 

Pero más allá de su elegante belleza, las aves marinas protagonizan algunas de las mayores hazañas migratorias de la naturaleza. Para llegar a comprender hasta dónde alcanza su espíritu viajero podemos escoger el caso del charrán ártico (Sterna paradisea), especie poco habitual en nuestras costas y uno de los pájaros favoritos entre los ornitólogos aficionados de todo el mundo, incluido quien firma estos apuntes de naturaleza.

Esta bellísima y delicada golondrina oceánica cruza cada seis meses el planeta entero, de sur a norte, cubriendo una distancia de veinte mil kilómetros en cada trayecto. Porque el charrán ártico nidifica en el corazón helado de Groenlandia y, una vez ha sacado adelante a sus pollos, abandona el ártico para emprender un largo viaje hacia el sur, rumbo a la Antártida, en busca del verano austral.

Durante esa formidable travesía, bordeando los perfiles continentales y adentrándose en el océano, este pequeño pájaro de apenas 35 cm de longitud y menos de medio metro de envergadura (es decir, de punta a punta de ala), cubre etapas de miles de kilómetros sin dejar de aletear, en un eterno ir y venir a lomos del viento: desde una punta del mundo hasta la otra. Dos veces al año. Durante toda su vida. Impresionante.

Uno de los mejores lugares para disfrutar de la observación de las aves marinas es el Parque Natural de Cap de Creus, en la comarca catalana del Alt Empordà. Allí fue donde una vez, cuando era un joven e inexperto naturalista, creí observar un raro ejemplar de charrán ártico (las pocas citas en la península suelen darse en las costas atlánticas). Fue en una de esas mañanas plomizas de invierno, en las horas previas a la tormenta, cuando el mar y el cielo se funden en un todo grisáceo que se confunde hacia el horizonte. Cruzo ante mis prismáticos, seguí su vuelo apenas unos segundos y se perdió mar adentro. De eso hace ya más de treinta años, pero lo conservo como una de las anotaciones más valiosas en mis cuadernos de campo.

Cap de Creus es uno de mis lugares favoritos. Si amanece un día soleado de diciembre acostumbro a subir hasta el faro y, descendiendo por el sendero que cruza las rocas, me llego hasta el peñasco dónde se construyó el decorado (hoy derruido) de la famosa película La Luz del Fin del Mundo interpretada por Yul Briner, Samantha Edgar y Kirk Douglas.



Una vez allí, mientras respiro ese cóctel gaseoso que forma el aire limpio con el yodo y las sales del mar, me acomodo entre las rocas con el catalejo y trato de detectar la presencia de las aves marinas a ras de ola.

El espectáculo lo ponen casi siempre los alcatraces, una de las especies de mayor tamaño de nuestro catálogo ornitológico y posiblemente el pájaro más elegante de la fauna ibérica. En ocasiones uno de ellos se queda suspendido en el aire apenas un instante, como si fuera una cometa, con la punta de las alas hacia arriba y la mirada fija en el agua. Si aciertas a encuadrarlo en ese momento con el catalejo es posible observar su mullido plumaje de algodón, la cabeza color crema, sus insólitos ojos blancos y el característico pico como un puñal acerado propio de la especie. Después desaparece, se lanza en picado como una saeta viva, atraviesa la lámina de agua y emerge con un pez plateado. Todo eso está ocurriendo ahora mismo en nuestras costas. Si tienen oportunidad no dejen de disfrutar de la mar en diciembre.

 

 

Sobre el autor

Divulgador ambiental, naturalista y escritor. Co colaborador habitual de TVE, TV3, La Vanguardia y Onda Cero.

 

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