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Ese aparato que ya no te sirve podría acabar en Guiyu

30/07/2014 - Blog - Zigor Aldama
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Ni la Gran Muralla, ni los Guerreros de Terracota, ni el espectacular ‘skyline’ que forman los rascacielos de Shanghái. Uno de los lugares que más me impresiona de China es el pequeño pueblo de Guiyu, situado en la provincia suroriental de Guangdong. Y, aunque no aparece en ninguna guía turística y pocos conocen su existencia, seguro que es uno de los lugares del país asiático que guardan una relación más estrecha con Occidente. Porque aquí viene a parar gran parte de la basura electrónica que se produce en todo el mundo. De hecho, para llegar a esta localidad sólo hay que seguir el interminable tráfico de camiones, camionetas, y triciclos que se dirigen a Guiyu cargados con los cacharros que ya han completado su -habitualmente corto- ciclo vital. Módems de aquellos que chirriaban al conectarse, teléfonos no inteligentes, culonas pantallas de televisor, teclados en los que ya no se leen las letras, y todo tipo de aparatos se amontonan en las calles sin control alguno. Poco a poco, familias y pequeños establecimientos de opaca legalidad van extrayendo los materiales que pueden ser reutilizados. Teniendo en cuenta que de un ordenador se pueden reciclar el 90% de sus componentes, que un frigorífico está compuesto de hierro en un 49%, y que un televisor tiene hasta un 3% de cobre, las montañas de desechos de Guiyu son una mina. Aunque nadie conoce las estadísticas exactas, se estima que hasta allí llegan entre 750.000 y un millón de toneladas de basura -el 55% tiene su origen fuera de China- para su reciclaje manual en unos 5.500 negocios particulares. Eso supone que, básicamente, todo el pueblo vive de esta actividad. De hecho, proporciona ingresos de forma directa a un porcentaje de los 150.000 habitantes de Guiyu que oscila entre el 60 y el 80%. Y el resto les da servicio. Aquí es donde queda en evidencia que el gigante asiático se ha convertido, como asegura Naciones Unidas, en el mayor basurero electrónico del planeta. Y sí, hay muchas probabilidades de que ese aparato que ya no te sirve, y que no sabes muy bien en qué contenedor tienes que tirar, acabe siendo desguazado en Guiyu en condiciones que preferirías no conocer. Incluso si lo llevas a reciclar al punto de venta en el que lo compraste, tal y como exige la ley. Y no hay que ser un lince para descubrir el elevado precio medioambiental y de salud que eso conlleva. Porque el problema es que en Guiyu el reciclaje se hace de forma totalmente irregular. Así, no extraña que corran ríos de tinta. Pero de forma literal. Por los canales que surcan el pueblo fluye a trompicones un líquido negro, fétido y lleno de pequeñas burbujas que, según un informe de Greenpeace, tiene la acidez suficiente como para desintegrar una moneda en pocas horas. Las orillas están llenas de sacos y de bolsas de basura de las que manan toda clase de residuos tóxicos, y de las chimeneas de los edificios sale un humo verduzco cuya composición, rica en mercurio, parece ser una de las causantes del alarmante número de casos de cáncer del lugar. No obstante, los habitantes de Guiyu se encogen de hombros cuando se les pregunta por las consecuencias del trabajo que desempeñan. “Ganamos más que plantando arroz, y alguien tiene que hacerlo”, dice un hombre que quema cables de plástico para sacar el cobre que esconden. Sorprende que incluso haya padres y madres que separan los diferentes metales de un montón de chips con sus bebés en brazos. Pero la Policía está más preocupada por la seguridad de quien escribe estas líneas que por las condiciones en las que se lleva el trabajo. “Eso no es cosa nuestra. Lo que hacen es legal”, sentencian con razón. Quizá deberíamos pedir cuentas a quienes hacen de la obsolescencia programada un negocio.

 

Sobre el autor

Corresponsal en Extremo Oriente con base en Shanghái. Publica numerosos artículos y reportajes en El País, grupo Vocento y diferentes medios como Ballena Blanca.

 

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